Despertares con forma de puño. Morfeo nos deja caer por sopresa de sus brazos y el golpe en el frío suelo hace el resto. Como un trozo de celofán con sábanas me arrastro hasta la ducha. Todos los días lo mismo, las mismas tonterias, las mismas ganas de trepar a las copas de árboles para comprobar si los filibusteros vienen encabronados o por una santa vez se dedican a joder a otro.
Salir de casa camino al purgatorio, a pagar las maldades que aún estoy por cometer. Todas la mañanas me cruzo con los mismos perros tirando de sus dormidos dueños, los mismos parquímetros debidamente vandalizados, los mismos grupos de adolescentes clónicos parloteando insufriblemente, la misma basura rodenado los cubos, el mismo retortijón en el bajo vientre. Lo mejor, un perro negro grande que corretea como un niño con exceso de azucar.
Detrás lleva una extrañamente risueña señora, todo sonrisa, mermelada y
almíbar. El perro siempre llega correteando, me da unos cariñosos cabezazos a modo de saludo hasta que le palmeo la cabezota o le digo cualquier cosa, y prosigue con sus carreras oscilantes como si nada hubiera sucedido.
Detrás llega la señora, que sistemáticamente comienza un monólogo, que no sería un diálogo aunque no fuera temprano, aunque tampoco me he parado a intentarlo. Nunca me dejará de sorprender que existan personas que puedan hablar tanto a esas horas tempranas. Tan pronto como las buenas maneras matinales me permiten reaccionar me despido de la señora y continuo por mi viaje por la laguna estigia. Ya he pagado mi moneda a Caronte.
Hay situaciones en la vida que comienzan sin razón y por pavonean sigilosamente por el común de nuestros días. Se arrastran en nuestros rincones hasta que un día comienzan un periplo hacia la línea del horizonte, lentamente, dejando penas, olvidos y algunas veces una amarga reflexión; otras, llegan y van como un tormenta de agosto, con las chanclas playeras y la cara de gilipollas puestas, es decir, sin avisar.
En esta ocasión, ni lo vi llegar, ni la vi marcharse. Un despiste más pasa desapercibido en mi, por lo que tardé varios días en darme cuenta de que me faltaba algo Día tras día cargaba con una sensación sorda, como una ausencia en lo cotidiano, como cuando laboras duro y llegas a casa sin llaves o la carrera hasta el autobús termina mirando con cara de incrédulo al conductor por no tener billete que mostrar. Un día estaba el simpático perro negro y su dicharachera dueña y otro no. Así es la vida.
No nos engañemos. La falta del primer saludo amable, a veces el único, de la mañana no me sentí especialmente consternado, de hecho creo que a esas horas tempranas no soy apenas capaz de sentir. Y sin embargo, el pasar de los días me dejaba en la boca un recuerdo agridulce. A nadie le disgusta un palabra amable o un gesto de cariño, aunque sea a cambio de soportar un monólogo matinal. Bien me servía ese cabezazo de pura inocencia para poner buena cara ante la retaila de la dueña, que al fin y cabo si llevaba el ipod tampoco se daba cuenta.
Y como son las cosas, ambos dos gestos habían dejado surco en mi cotidaneidad. A veces no nos damos cuenta de que son las cosas sin importancia las que hacen que todo lo demás se sostenga.
Al principio, probé a salir un poco antes, luego un poco después. Nada. Finalmente, me dejé llevar por la resignación. Pero poco a poco cambié ese saludo, por una historia tejida para justificar esa falta cada día más patente. Todas diferentes, cada cual más disparatada que la anterior. El esfuerzo de despertar para pensar una nueva historia cada día me hacía más efecto que el café, me transportaba lejos de la mierda de la mañana que me esperaba y me transportaba a mi espacio interior donde sólo mando yo. Había cambiado un amable saludo, por una historia.
Realmente, me hubiera gustado poder agradecer o demostrar la cantidad de pequeños buenos ratos o sonrisas que me han arrancado, pero pensándolo bien, ni el perro me entendería ni la amable señora me escucharía, probablemente me tomara por loco, o no, que sé yo. Supongo que estamos ante uno de esas cosas que no conocen causa o efecto, sino que simplemente suceden.