En los tiempos de corrección verbal contenida en los que vivimos, plagados por la falacia al hablar y en el que llamar a las cosas por su nombre es perfido y grosero cuando no delito contra el honor, tengo el gusto de rebuscar por antiguas librerías, de la naturaleza que sean, historias que me alegren los calidos días estivales.
En este caso, he encontrado en una de la figuras que más me han impactado en mi desarrollo como lector, el ilustrísimo Camilo José Cela, del cual me reconozco seguidor y profundo admirador, una historia en concreto referente a la parafernaria que rodea el caso que llamaremos La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona.
A sabiendas de que muchos ya conoceran tan singular historia, he llegado a descubrir que existe un libro que recoge y ordena todo este asunto, además de una película, de la cual también añado las partes que nos proporciona youtube. Dicha película se estrenó un día 2 de marzo de 1979, en Madrid y en concreto Cines Fuencarral y Gran Vía. Son estas pequeñas cosas las que me mantienen dentro las fronteras de este país.
De regalo, dos partes de la película, que confieso ardo en deseos de visionar.
A continuación les el texto de la correspondencia producida por un incedente que salió en la portada de los diarios y que marca el comienzo de toda la historia. Y como lo cuentan tan bien, me ahorro explicar nada.
Espero que lo disfruten al menos la mitad que yo.
CARTA DE ALFONSO CANALES
(3/2/1972)
Querido Camilo José:
Con mucho gusto te relataré el incidente a que te refieres en tu carta. La cosa ha acaecido en Archidona, muy cerca de donde se halla la célebre Peña de los enamorados. Una pareja -no consta que fueran novios formales- se encontraba en el cine, deleitándose con la contemplación de un filme musical. La música o las imágenes debían ser un tanto excitantes, porque a ella, según tiene declarado, le dio -no sabe cómo- el volunto de asirle a él la parte más sensible de su físico. El cateto debía ser consentidor, pues nada opuso a los vehementes deseos de su prójima. Dejóla hacer complacido, sin previsión de las consecuencias que habría de tener su regalada conducta.Según parece, el manipulado, hombre robusto por demás, era tan virgen como López Rodó o, al menos, llevaba mucho tiempo domeñando sus instintos. El caso es que, en arribando al trance de la meneanza, vomitó por aquel caño tal cantidad de su hombría, y con tanta fuerza que más parecía botella de champán, si no geiser de Islandia. Los espectadores de la fila trasera, y aun de la más posterior, viéronse sorprendidos con una lluvia jupiterina, no precisamente de oro. Aquel maná caía en pautados chaparrones, sin que pareciera que fuese a escampar nunca. Alguien llamó airadamente, identificando el producto e increpando con soeces epítetos al que lo producía en cantidades tan industriales. Se hizo la luz. El cateto pensó que la tierra, en eso de tragarse a los humanos, obra con una censurable falta de oportunidad. Doblemente corrido, trataba en vano de retornar a su nido la implacable regadera. Su colaboradora ponía cara de santa Teresita de Lisieux, aunque con más
arrebol en las mejillas. Ambos fueron detenidos y conducidos a la presencia judicial, lo que ocasionó que se incoara el oportuno sumario por escándalo público, a falta de otra tipificación más especificadora.El juez hizo el ofrecimiento de acciones a los poluídos, quienes no sólo quedaron enterados, sino que presentaron justificantes de los daños y perjuicios. Un prestigioso industrial incorporó a los autos la factura del sastre que había confeccionado su terno, que devino inservible. Y una
señora, de lo más granado de la sociedad archidonense, presentó la cuenta de la peluquería donde, al siguiente día, hubo de hacerse lavar el cabello (el Fiscal no acaba de explicarse cómo pudo pasar la noche sin un lavado casero de urgencia).Como primera providencia, puesto que así lo imponen las reglas de la moral, los intérpretes del raro suceso han contraído honesto matrimonio. ¡Gran equivocación! Imagínate lo que hubieran podido prosperar, en cualquier parte del mundo, tanto el prepotente poseedor de la manguera como su eficaz partenaire.
La causa está ahora en trámite de calificación. Cuando se dicte la sentencia, te proporcionaré una copia. Será un documento acreditativo de las reservas, no meramente espirituales, de nuestra recia estirpe.Un fuerte abrazo
CARTA DE CAMILO J. CELA
(7/2/1972)
Querido Alfonso:
¡Bendito sea Dios Todopoderoso, que nos permite la contemporaneidad con estos cipotes preconciliares y sus riadas y aun cataratas fluyentes! Amén. ¡Viva España! ¡Cuán grandes son los países en los que los carajos son procesados por causa de siniestro! El suceso muy bien podría originar la aparición de una frase adverbial aún no nacida -”como el cipote de Archidona”- señaladora de óptima calidad y desaforada cantidad. Te ruego que transmitas a la Excma. Diputación Provincial de Málaga mi propuesta de que le sea
atribuído un homenaje de ámbito nacional al dueño de la herramienta, honra y prez de la patria y espejo de patriotas. Podría levantarse en su honor un monolito granítico con una farola en la punta del haba -el falofaro de Archidona- visible desde las costas de Africa; podrían editarse tarjetas postales y fabricarse cipotillos de solapa; podría incluirse la contemplación de tanta gloriosa prepotencia en el programa de los cursos de verano para extranjeros.
¿Os dais cuenta los malagueños, mi querido Alfonso, de lo didáctico que resultaría? ¡A qué lindes insospechadas de progreso nos ha llevado el III Plan de Desarrollo y la sabia política de nuestros beneméritos tecnócratas, a quienes Dios guarde para mejor lección de todos! Entre nuestro común amigo don Lupercio Leonardo de Argensola y yo hemos compuesto, en loor del pijo histórico, el poema que paso a
copiarte:SONETO
Claro cipote, cuya frente altiva
cubre de nubes tan tupido velo
que nos hace creer que en ella el cielo
y en sus cojones su razón estriba.
En ti mostró su boca vengativa
el gran león, forzado de su celo,
y en ti de voluntad empieza el vuelo
del goterón de leche en lavativa.
Hoy proclama la gloria de Archidona
que anegas con tus huevos a su gente
por tu fluidora pija perseguida.
Hoy el mundo en tu justo honor pregona
que salvo incordio, chancro o accidente,
no hay pija cual tu pija en esta vida.Un abrazo de tu emocionado y viejo amigo
… y cosas como esta no me ayudan a dejarlo.
… ovejas muertas.
Lástima que tuvieran que poner al bicho ese a moderar.
Un paso precede un lamento; un suspiro a una bofetada. Con cada caricia, un estremecer. Días turbios seguidos de noches de insomnio. Todo tiene punta, todo se clava. Algunos días me levanto con cuerpo de Cronos, con martillos en vez de dedos y una irremediables ganas de repartir justicia entre mis semejantes.
Acordes de malos pensamientos suenan detrás de mi coronilla, que me dice que agarre el mito por la literal y guadaña en mano, le corte los cojones al déspota Urano y me coma los bastardos que se confabulan para destronarme.
Me levanto con pesar, ducha fría para recordar el calor que dejo atrás, lanza y escudo en posición y me desplazo hasta la batalla. Tengo la llave que me permite esconderme de los ojos enrojecidos que apenas acompañan mi paso con una mirada o una intención de saludo. Tomo posesión de mi. Y llega la ira, a borbotes de derecho y rabia. Se torna el aire rancio y violento, golpeando sentires y orgullos con excesivo rigor, desmedida pasión en dirección equivocada, sal en la tierra dejándo atrás el rastro de los cascos de Atila.
Tanto palo en un mi curtido lomo, hace que cada vez que cae la vara se me tuerza el gesto un poco más. Un dia de estos dejaré de fumar, otro saldré a quemar adrenalina recorriedo kilómetros circulares, otro agrarraré un Kalasnicov y entonces reiré, con la cordura que sólo conoce el loco, abandonado por toda moral enlatada, más cerca del infierno de unos, de la nada de otros.
Cada día un poco más me voy transformando en un Cronos.
Hermano cuerpo estás cansado
desde el cerebro a la misericordia
del paladar al valle del deseo
cuando me dices/ alma ayúdame
siento que me conmuevo hasta el agobio
que el mismísimo aire es vulnerable
hermano cuerpo has trabajado
a músculo y a estómago y a nervios
a riñones y a bronquios y a diafragma
cuando me dices/ alma ayúdame
sé que estás condenado/ eres materia
y la materia tiende a desfibrarse
hermano cuerpo te conozco
fui huésped y anfitrión de tus dolores
modesta rampa de tu sexo ávido
cuando me pides/ alma ayúdame
siento que el frío me envilece
que se me van la magia y la dulzura
hermano cuerpo eres fugaz
coyuntural efímero instantáneo
tras un jadeo acabarás inmóvil
y yo que normalmente soy la vida
me quedaré abrazada a tus huesitos
incapaz de ser alma sin tus vísceras
Mario Benedetti
14 de septiembre de 1920- 17 de mayo de 2009.
Lunes.
Amanecer en blanco y negro, legañas, hastío y el gusano que se come mis sueños tiene ganas de jugar. Me pongo un canal al azar de Spotify y me sale el Working Class Hero de Green Day. Algo en esta vida que llevo está mal, muy mal.
Os dejo el video, el de Lennon, que me mola más.
Andaba de regreso al hogar, mascullando miserias y ajusticiando mentalmente a los malos de la película, cuando de soslayo veo una señora, que pasó los 60 hace mucho, de semblante marchito pero con fuerza aún en la venas. Estaba decúbito prono en un banco de ayuntamiento raido y ajado por la lluvia y los botellones de la familia peruana del portal de enfrente, parecía sentada, pero sólo con el final de lo quién sabe un día pudo ser un objeto de admiración y regocijo.
Era una visión rara, aunque, debo decir que no fue esa la circuntancia que me llamó la atención, ya que no fue hasta que se levanto cuando fui consciente que el pantalón blanco que llevaba no era otro cosa sino la ausencia del mismo, estaba con el culo al aire.
Debo reconocer que tarde unos segundos en procesar todo aquello. Todos los días recorro el mismo camino, desde el hogar de mi primavera hasta mi guaridira y normalmente me cruzo con una o dos personas, gente rara quizás, pero sin actitudes tan llamativas.
La señora, permanecío unos interminables segundos en esa extraña posición, hasta que se levantó con aparatosidad, se subió los pantalones, acto que agradecí sobremanera, y se fue caminando como si nada en en dirección contraria a la que yo avanzaba, hasta más ligera me atrevería a añadir.
A pasar junto a mi, sin rastro de rubor y sabedora de que era testigo de la escena, me giño un ojo, gesto que logro erizarme el pelo del cogote. Continué mi camino con lo ojos un tanto más abiertos, justo para ver el charco abandonado a los píes del banco.
Hasta aquí, sirva de desahogo, tenía que sacarlo, pero lo que me obliga realmentea romper mi silencio en este desolado rincón es otra cosa. Esta misma mañana al salir del portal de mi guarida, camino la labor, me he vuelto a cruzar con la meona señora, que si bien carece de aguante en los esfínteres o mantiene costumbres que no me explico, de memoria debe andar bien, porque me ha vuelto a giñar un pintado ojo al pasar a mi lado. Quede constancia documental: estoy acojonado.
Unos ojos que se niegan a mirate pueden ser peor castigo que todas las palabras que nacen torcidas, aún las con voz rota y tres tonos por encima de la razón, aún con la ira escapando a borbotones entre los dientes.
Una mirada ausente, puede provocar que las palabras desalojadas de puro enojo no sean más que barro acumulado en los bordillos tras un día lluvioso. Siempre he sido de la opinión que unos gritos fuera de si y unas lágrimas derramadas dejan la impronta del ayer, son un síntoma y no una causa, pero una mirada ausente es el anuncio de un futuro que no verá un nuevo día.
Hablo de situaciones con silencio denso, ambiente espesado con el humo rancio de tabaco, cuando sólo se escucha la respiración del catarro invernal. Monstruos adolescentes que salen en carga de rincones oscuros, recubriendo de invierno, dejando caer el barniz de soledad que provoca estar juntos y a la vez tan lejos. En esos momentos, un palabra, del tono que sea, tiene mi aprecio, ya que implica que no ha habido rendición de los pareceres. Que las cosas aún importan.
A pesar de que me jode como una palabra en un mal momento nos deja el amargo sabor a dudas. Normalmente todo se arregla en apenas unos segundos, de aquellos en que cruzan las miradas que no se estaban buscando, y ese tiempo, todo sin causa ni razón, sencillamente esta bien. Pero unos ojos que se niegan a mirar, son clavos hincados en una puerta cerrada, que no se quiere volver a abrir.
Y es que lamentablemente, algunos días, afortunadamente no todos, las cosas no salen bien. Las ganas y la ilusión se evaporan como volutas de humo, creando formas extrañas, dejando tan sólo el olor del quemado químico. Otros sin embargo, los más, el calor de juntar la piel compartiendo miedos e inseguridades acerca más que todas las aficiones comunes. Al final, la mayoría me conformo con mirar la cosa que más me motiva, triste es la condición del que los mejores días son lo que consige decir la mitad de las cosas que piense.
Vidas en cápsula. Somos latas de comida preparada: Asépticas galletas integrales en envases de brillantes colores. Cuando estamos hundidos hasta la rodilla en nuestro propia ciénaga dejamos de oler la mierda del pantano en que vivimos.
Ayer me contaba mi progenitora, entre la indignación y pena, que necesitaba sacar lo que la había tenido todo el día pensativa y los puños apretados. Me decía que cada día se plantea hasta donde puede llegar la inmundicia humana.
Resulta que al volver de los recados comunes de nuestra vida de lata, en la antesala del portal, se encontró un anciano de espaldas contra la pared, tembloroso, con dos surcos de lágrimas, uno por cada ojo, y el terror marcado en la mirada.
Era un hombre mayor, soportando la decadencia de los años amontonados, un hombre convertido en un indefenso anciano. Uno más de que nos cruzamos paseando cada mañana con sus trajes con la raya del pantalón perfectamente planchada, un recuerdo de una vida dedicada al trabajo, y el diario envolviendo una barra de pan abajo el brazo.
Ante el asombro de semejante encuentro, mi progenitora, mujer de demasiado bien para los tiempos que corren, enseguida le preguntó al hombre como había llegado a encontrarse en singulares circunstancias. El anciano, apenas lograba artícular palabra entendible; entre sollozo e hipos le llevaron hasta un asiento que hay en el portal destinado a las enormes posaderas de la portera y sólo tras un rato para recuperar la respiración y el aliento necesario hacer entendible la historia de miseria humana que les voy a relatar a continuación.
Su relato comienza, cuando sale de su casa hacia el cajero automático, apenas a 200 metros de distancia, mientras su mujer termina de preparar la cena. Ocurrió que tras sacar dinero del cajero aútomático para pasar el mes, un hombre le asaltó en el camino, con la excusa de que tenía la chaqueta mojada por la espalda.
En el momento preciso, otro hombre llegó, juntos y muy de acuerdo estos dos extraños le comentaron que habían dejado caer un líquido desde uno de los pisos del edificio, señalando un segundo con mucho aplomo, mientras, el anciano aturdido por la velocidad de los acontecimientos y la imposibilidad de los sucesos ocurridos, apenas si acertaba a dilucidar que estaba ocurriendo.
Uno de los hombres, en un alarde de falsa amabilidad se ofreció a limpiar la chaqueta al anciano, primero quitando el líquido con la mano y después sugiriendo al hombre que se la quitara para poder sacudirla. A la par que uno hablaba y entretenía, el otro le quitó la chaqueta al anciano. Un segundo después ya no había ni chaqueta ni extraños amables, sólo quedaba un anciano asustado y dos hijos de puta a la carrera.
Lo siguiente que pudo relatar, es que se había metido en el primer portal que vió abierto, en estado de pánico aún sin saber exactamente que había pasado. Con su pensamiento dedicado a buscar el dinero, cochino dinero, que tenía que llevar a su esposa, buscó por todos los bolsillos y entonces y sólo entonces empezó a entender. Aturdido y abrumado, dejó paso al mierdo, miedo a la bronca de su mujer, miedo del que no se sabe defender, miedo que entra cuando sabes que eres demasiado viejo para vivir rodeado de tanto hijo de puta.
Tras tranquilizar al anciano y con la promesa de explicarle a su mujer lo que había acontecido aquella aciaga tarde, el anciando accedió a volver a su casa, aún repitiendo como una máxima: mi mujer me va a matar.
Como probablemente se les haya quedado la misma cara que a mi, y los funestos pensamiento también deben ser análogos, me los voy a ahorrar, no sin antes mentar a la madre que los parió y desearles con todo mi ser que se atraganten con el cochino dinero que han robado, que si bien no expresa todo mi sentimiento, es lo menos que puedo decir sin herir alguna sensibilidad.